Primera
Parte:
1) ¿Qué
tipo de textos lees con mayor frecuencia?
2) ¿Qué
tipo de textos escribes con mayor frecuencia? Tanto en esta pregunta como en la
anterior, se tienen en cuenta toda clase de textos incluyendo canciones, redes
sociales (Facebook, Twitter, etc.), noticias, etc.
3) ¿Qué
textos te gustaría leer este año, en este curso?
Segunda
Parte:
1) Leer
con atención el cuento “El carrito”. Busque en el diccionario las palabras
desconocidas.
2) ¿Cuál
cree que es el tema de este cuento?
3) Inventa
un nuevo título para este cuento.
4) ¿Cómo
es el narrador, qué puede decir sobre él?
5) En
este cuento, hay un hecho sobrenatural. ¿Cuál es?
6) Resuma
el cuento en no más de cinco renglones.
El
carrito, de César Aira
Uno
de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo,
sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre
grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las
de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de
plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los
demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más
grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos
carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con
infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que
abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba
inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y
artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de
góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un
milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente
de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía
perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez
en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se
sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los
supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían,
naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super
era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa
ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que
eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban
pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En
realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos
entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin
detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa
disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.
Tanto
los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este
fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el
único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien
escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a
nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen
ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las
compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña
muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya
de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me
recorría al identificarlo.
Lo
consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la
naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de
vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un
rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los
demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie
más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche,
rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía
en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a
encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y
fideos y gaseosas y latas de arvejas?
Y
aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no
las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste.
Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño
y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación
lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan
distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de
supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance
imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la
temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más
desinteresado.
Con
estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para
ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes
que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me
hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía
al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la
simpatía por el milagro.
El
hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De
pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo
lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por
ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a
su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja
contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un
susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y
articulado:
–Yo
soy el Mal.